¿Alguna vez te has sentido abrumada o sin recursos para llevar a cabo una tarea o proyecto? ¿Te has sentido superada por las responsabilidades o abrumada por las responsabilidades o desafiada por una difícil situación? ¿Te sentiste incapaz de manejar la presión o el estrés de una situación y dudaste de lo que Dios depositó en ti?
Nuestra perspectiva sobre nosotras mismas puede afectar nuestra confianza y habilidad para llevar a cabo nuestra labor de manera exitosa. Esa debilidad puede ser un tema difícil de abordar, especialmente cuando se trata de desarrollar la capacidad y los dones que necesitan emerger de nosotras, para cumplir un determinado fin.
La palabra de Dios nos enseña sobre estas cuestiones. Cuando Elías ya anciano, le pasó su manto a Eliseo, su sucesor, estaba describiendo la relación de mentor. En las Escrituras, los que tienen sabiduría la comparten continuamente, asimismo, anexan sus propias experiencias con los novicios. Noemí educó a su nuera moabita en las complejidades de la ley judía, para que Rut pudiera volver a casarse y formar parte del linaje del Mesías (Rut 3-4). Mardoqueo guió con astucia a Ester, en medio de la traición de la corte persa, para salvar la vida del pueblo escogido de Dios (Ester 2-7).
María tuvo en su prima mayor Elisabet, una mentora milagrosamente expectante para entrenarla durante su primer trimestre de embarazo (Lucas 1. 39-56). El apóstol Pablo dio sagaces consejos a Timoteo y Tito capacitándolos para multiplicar su ministerio; y, en los Evangelios, Jesús marcó el camino de los doce, la primera generación de discípulos, a seguir al Mentor Supremo.
Se anima a las MUJERES a ser MENTORAS. Así como las Escrituras nos señalan en muchas ocasiones, tenemos el desafío de enseñar, instruir, compartir, impartir, acompañar a todas aquellas mujeres dentro de las Iglesias, como fuera de ellas en nuestros ámbitos sociales.
El ministerio de la mujer cristiana toma cada día mayor relevancia en la sociedad. Y es que cuando Dios nos ha llamado, nos ha pensado para un propósito; pasamos de habitar en su corazón a vivir como peregrinos en este mundo. ¿Pero para qué nos pensó, si no para ser edificadoras de Su reino? Animándonos las unas a las otras, como Cristo nos ha amado y nos ama.
Dios no se equivoca, estás puesta justamente en tu entorno para ser una mentora, una líder, una mujer que deje huellas y que manifieste a Cristo.
¿Qué pasos puedes dar hoy para reconocer y aceptar que fuiste llamada para ser una mentora? ¿Cuáles son tus debilidades? ¿Y cuáles reconoces son tus fortalezas? Reconoce tanto una como la otra, para trabajar en ello.
Consejos prácticos:
- Júntate con sabios y aumentará tu saber.
- Si el ambiente en el que te desenvuelves es tóxico, evalúa cuánto has podido crecer.
- Los entornos SÍ importan. Escoge bien…
Te bendigo y te abrazo, hasta la próxima semana… y si te bendijo, ahora te toca, COMO UNA MENTORA bendecir la vida de otras con esta reflexión.

