Diez maneras en que un jefe mata la motivación de un trabajador y de su equipo de trabajo


Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl
Académico, escritor e investigador (PUC- UACh)

La manera más directa de establecer una diferencia entre un buen líder y un mal jefe, es hacer una comparación entre el comportamiento de uno y de otro.

En este sentido, el buen líder es aquel sujeto capaz de crear un ambiente de confianza entre quienes lo siguen, es alguien que les presenta a sus colaboradores una meta y un futuro deseable, al mismo tiempo que conduce y motiva a su equipo hacia el logro de esa meta, ya que hace promesas precisas, alcanzables y que se pueden cumplir, mostrando algo que es esencial en un líder: congruencia entre lo que dice y lo que hace.

Es un sujeto que aún en las situaciones más adversas es capaz de mover a la gente hacia un objetivo común. ¿Cómo lo logra? Siendo capaz –por medio de su habilidad empática– de reconocer el estado de ánimo de las personas que debe guiar para, a continuación, influir en dicho estado de ánimo así como en la forma en cómo la gente observa los obstáculos que deben ser superados hasta llegar al estado de resolución de las barreras y dificultades que enfrentan.

¿Y qué es lo que hace el mal jefe que termina matado la motivación de su gente?

1. Se enfoca sólo en los errores: es un sujeto experto en restregar en la cara de sus colaboradores el error cometido, en lugar de prestar su colaboración para encontrar una solución al error, siendo algunas de sus frases preferidas las siguientes: “¡Estás haciendo un pésimo trabajo!”, “¡Eres un inútil!”.

2. No es capaz de reconocer los logros y éxitos de sus colaboradores: así como es un perito para destacar los errores cometidos, el mal jefe es incapaz de expresar una palabra de aliento o de entregar una felicitación por los aportes y logros alcanzados por su gente. Su frase preferida es: “¡Para eso te pago!”, o bien, “¡No quiero escuchar tus quejas y lamentos porque no hayas recibido un aumento de sueldo!”.

3. Agacha la cabeza con los de arriba y pisotea a los de abajo, infundiendo miedo y temor: su irritabilidad y mal humor con sus colaboradores son una constante en este tipo de sujetos, quienes no dudan en abusar y maltratar a su gente, en tanto que la sumisión y la falsa sonrisa son su marca de fábrica con quienes son sus superiores. En ocasiones, busca ser “el jefe estrella” y lucirse ante sus superiores, apropiándose de las ideas de su equipo de trabajo.

4. Solo acepta sus propias ideas y se dedica con entusiasmo a descartar cada idea o proyecto que presentan sus colaboradores: es el típico “abogado del diablo”, siempre pronto a dar mil razones de por qué la idea del subordinado o del colega es mala o no sirve, y por qué razón –o razones– el proyecto nunca resultará. En este sentido, se ha documentado que los abogados del diablo son responsables de que muchos buenos proyectos sean abortados y nunca se lleven a cabo.

5. Humilla a su gente frente a los demás trabajadores o hace comentarios inapropiados y descalificadores: incapaz de controlar sus impulsos, insulta y/o amenaza a sus trabajadores con frases como: “¡Son una manga de inútiles que no sirven para nada!”, “¡Eres un estúpido!”. Esta conducta da cuenta de lo que se llama “mobbing” en inglés, es decir, acoso o matonaje laboral, conducta que puede generar mucho daño emocional y psicológico en los trabajadores, condición que puede terminar provocando severos trastornos físicos y mentales en la gente.

6. Impone fechas de entrega poco realistas: a sabiendas de que será imposible que sus colaboradores cumplan con la entrega de un trabajo o de un proyecto en una determinada fecha, este sujeto lo hace como una manera de hacer saber quién es el jefe y quién es el que manda en la oficina. También puede ser una forma de “agenda oculta”, es decir, una manera de cansar y agobiar a un trabajador con la finalidad de que éste se aburra, renuncie a la empresa y no se le pague ningún tipo de indemnización.

7. No mantiene su palabra, sus promesas o compromisos: hace promesas y compromisos que, a priori, sabe que no podrá –ni tampoco quiere– cumplir, mostrando total incongruencia entre lo que dice y lo que hace, entregando pobres excusas de por qué razón tal o cual cosa no la cumplió, lo que da cuenta de la poca transparencia e integridad con la que actúa con sus colaboradores.

8. Lleva a cabo reuniones que impone a última hora: hay jefes que para demostrar su poder fijan “reuniones de último minuto” o de “fin de semana”, cuando la gente ya está a punto de abandonar la oficina para irse a su casa a descansar, acerca de temas que, perfectamente, podrían discutirse al día siguiente o durante la semana siguiente, pero que demuestran el poder del jefe trabajólico –pero poco eficiente– que obliga a su gente a quedarse hasta tarde en la oficina. A menudo ni siquiera hay una tabla de los temas a analizar ni tampoco un orden en la realización de dichas reuniones, las que, en rigor, representan una inútil pérdida de tiempo.

9. Mantiene un excesivo control: es de aquellos jefes que están orgullosos de decir que en su oficina no se “mueve un solo papel sin que él no lo sepa o no lo haya ordenado”. Es una persona que exige a su gente saber dónde están en todo momento, debiendo dar cuenta, asimismo, de qué están haciendo.

10. Tiene a “preferidos” en la oficina a quienes entrega beneficios que otros buenos colaboradores no reciben: es un jefe que da un tratamiento preferente a ciertos empleados –incluso mediocres– por sobre otros por razones personales o de amistad, en lugar de basarse en la meritocracia o en el buen desempeño laboral de sus colaboradores, con lo cual, además de generar un mal ambiente laboral, genera problemas tales como: ansiedad, estrés, síntomas de apatía e incluso agresividad por parte de los trabajadores que observan y/o viven en carne propia este tipo reprochable de conductas.

Todas estas conductas terminan por generar un pésimo clima organizacional y afectar severamente la productividad de una organización, causando graves pérdidas económicas.



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